Terriblemente solo pero maravillosamente libre vuelvo a mi primer desierto, a la Patagonia que me llena de vacío, donde hace muchos años me despertaron las aguas del deshielo que bajaban de la cordillera de los Andes que tanto trajiné de punta a punta y de canción en canción. ---------------------------------------------------------------------------------------------------------- Lenta y silenciosamente, el desierto se va convirtiendo en montañas, cada vez más importantes hasta ser coronadas por la nieve, y de pronto, bellísima frente al lago Nahuel Huapi, aparece Bariloche. ---------------------------------------------------------------------------------------------------------- Desde mi ventana veo al Nahuel Huapi apoyado en las montañas nevadas, maravillosa manera de comenzar un nuevo día, paisaje que me recuerda los desayunos con Krishnamurti frente al lago Lausanne, en la Suiza donde Borges se auto enseñó alemán para leer a Spinoza. Me gusta el día porque concreta a las teorías que me excitaron en la infinita biblioteca de los sueños. Mal día me acerca a sus interminables tareas, el día tiene, en algún rincón de sus horas, lo que se quemó en Alejandría, lo que intrigó a Gurdjieff (a mi me intrigan los que se mueren de sed y soledad entre fuentes y jardines, los que se aburren, los que solo saben obedecer o mandar, los que se dejan vencer sin saber que también son Dios). Me gusta el día y la ciudad, que es una biblioteca de personajes interesantes, una biblioteca viva que se lee caminando, que tiene esquinas brillantes y alguna gente bella. La ciudad es una enciclopedia, un resumen de atlas, un poco de Oriente y mucho de Occidente, la ciudad es la basura que amontonaron los siglos pero también la prueba de que nuestros abuelos no trabajaron en vano, la ciudad es una hoguera inteligente donde me junto con mis hermanos para cambiar buenas nuevas (hay pequeños cambios en la ciudad, pero de forma, no de fondo, por ejemplo los reyes les dejaron el lugar a los políticos y los bufones a los artistas populares, aunque estos tienen menos humor que aquellos). La ciudad es un símbolo, parte de un código que entretiene a formas más altas que nosotros, la ciudad es un muro inútil porque la vida entra por abajo y por arriba, la vida que a veces purifica destruyendo, la ciudad es una pesada sombra, una lenta casa hueva donde solo estoy de paso, como estoy de paso por el hombre (sé que me esperan otras formas de la vida cuando pase el río de la muerte). La ciudad es parte del infierno pero también del paraíso, el paraíso unánime de los místicos que sabían, y saben, que todo y todos somos parte de Dios, que también es el azar que nunca comprenderemos (no es bueno saber todas las cosas, en lo que aún no sabemos volvemos a ser niños, y eso alegra a Dios y calma a los hombres).